Por: Armando Olivero Analista Legal
En el ejercicio del análisis jurídico, solemos buscar siempre el «móvil del delito». Generalmente, el robo se asocia a la carencia o a la marginalidad, pero cuando observamos a las élites económicas y políticas, la lógica convencional se rompe.
Tras mucho observar el comportamiento de quienes ostentan grandes fortunas, hoy finalmente entiendo por qué y para
qué los millonarios roban.
Debemos partir de una premisa clara: el robo de cuello blanco no busca la supervivencia,
busca solo poder e impunidad. No nace de una carencia material, sino de una patología del
espíritu. El «por qué» radica en una deformación del carácter que la Biblia describe con
precisión milimétrica: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero” (Eclesiastés 5:10).
Es una sed insaciable donde la ambición ha sustituido por completo a la ética y al sentido de servicio.
Pero el «para qué» es aún más profundo y sombrío. No roban para consumir más bienes pues ya poseen más de lo que podrían gastar en varias vidas—, sino para comprar la justicia
y el control absoluto del futuro.
Roban para financiar estructuras de poder que los protejan y para construir muros de influencia que los mantengan alejados de las leyes que rigen para el resto de los ciudadanos.
El botín no es el fin, sino el combustible para mantener un sistema donde el poderoso se sienta, erróneamente, intocable.
Sin embargo, tras analizar este fenómeno desde la fe y la ley, se llega a una conclusión
aterradora: tal parece que el castigo de Dios hacia ellos es jamás alcanzar la satisfacción.
Poseen todo, pero no disfrutan nada; acumulan graneros, pero el alma sigue en ayuno. Es una
condena en vida: la búsqueda incesante de un «más» que nunca llega a ser «suficiente»,
convirtiendo sus mansiones en cárceles de ansiedad.
Proverbios 22:16 dicta la sentencia definitiva que ninguna firma de abogados puede apelar: “El que oprime al pobre para aumentar su riqueza, o da al rico, ciertamente llegará a la pobreza”.
Esta pobreza no es solo el balance de una cuenta bancaria; es la quiebra absoluta del espíritu y la erosión del nombre ante la historia. Al final, no hay fianza que valga ante el tribunal de Dios, donde se demuestra que la verdadera riqueza es la integridad, y que la avaricia es, en
realidad, la forma más alta de la miseria humana.



