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El Falso Humanismo que Destruye a las Naciones

Por: Armando Olivero Analista Legal

En el debate político contemporáneo, especialmente dentro de las corrientes de pensamiento de izquierda, coexiste una paradoja punzante: se clama con vehemencia por el respeto a la soberanía de los pueblos mientras, simultáneamente, se promueve la eliminación de las fronteras bajo un ideal de «hermandad global».

Esta contradicción no es un mero ejercicio teórico; es una amenaza real a la supervivencia de la esencia y la economía de una nación.

¿Cómo puede un país ser soberano si no posee una delimitación clara de su territorio? La soberanía no habita en el vacío; requiere un espacio geográfico donde el Estado pueda ejercer su autoridad. Sin fronteras, la soberanía es una declaración de principios sin capacidad de ejecución, pues la autoridad termina donde empieza la incertidumbre territorial.

La Coherencia de la Separación: Lengua, Clima e Historia

La diferencia entre las naciones no es un accidente, sino una riqueza antropológica. Las diferentes  lenguas, el clima, los alimentos, la historia y la cultura de cada pueblo hacen que cada país sea único y distinto de otro. Esa distinción no es una barrera al odio, sino el marco de la identidad propia, y como tal, debe ser protegida por fronteras físicas y soberanas.

Es imperativo precisar que el diseño divino del orden social no se basa en un colectivismo globalista sin distinciones. Dios no estableció «Amar a todo el mundo como a ti mismo». El mandato bíblico es específico: «Ama a tu prójimo (al cercano) como a ti mismo».

Incluso en la antigüedad, encontramos este mandato de orden: Dios mismo guió a Nehemías para reconstruir los muros de Jerusalén, no para aislar por odio, sino para definir, proteger y restaurar la dignidad y la seguridad de un pueblo que se encontraba en el oprobio. La frontera es el muro que permite que una identidad florezca sin ser diluida por el caos exterior.

La Trampa del Discurso Anti-Intervencionista

Resulta asombrosa la gimnasia mental de aquellos sectores que denuncian con furia cualquier asomo de «intervención del imperio» en sus asuntos internos, reclamando un respeto sagrado a la autodeterminación, pero que, al mismo tiempo, exigen derribar las fronteras y «crear puentes».

No se puede exigir que el mundo respete la casa propia si se mantienen las puertas abiertas de par en par. Quien pide «no intervención» pero rechaza la frontera física está incurriendo en una contradicción insalvable: invoca la soberanía para proteger su ideología, pero la entrega para disolver su territorio. La frontera es la condición indispensable para que la no intervención sea posible.

El Beneficio Empresarial y el Desplazamiento Laboral

Este discurso de «puentes y no muros» suele presentarse como una utopía, pero en la práctica, favorece la precarización laboral. Las fronteras abiertas permiten que ciertos sectores empresariales se beneficien de una mano de obra barata y sin protecciones.

Lo que realmente ocurre es el desplazamiento de la mano de obra nacional: el trabajador dominicano, que exige salarios dignos y respeto a la ley, es sustituido por una fuerza laboral.dispuesta a aceptar condiciones inferiores por falta de control fronterizo.

Paralelismos Geopolíticos

● El Eje Norte (EE. UU. – México): Estados Unidos refuerza su frontera física como un
ejercicio de pragmatismo nacionalista. México, por su parte, lidia con la presión de ser la
frontera de tránsito, donde la porosidad castiga al productor y al trabajador local.

● El Eje Insular (República Dominicana – Haití): Nuestro espejo más cercano. Haití
representa la soberanía diluida por la incapacidad de gestionar su frontera física. La
República Dominicana se encuentra en la encrucijada de reafirmar su territorio como la
única garantía para proteger su capacidad productiva, su paz social y su herencia
cultural.

Conclusión

La soberanía requiere de un límite para existir. No podemos ser dueños de nuestro destino si
renunciamos al control de nuestro espacio físicamente. Solo mediante el fortalecimiento de nuestra jurisdicción nacional y el respeto a nuestros límites geográficos podremos asegurar que la apertura al mundo no signifique la disolución de nuestra esencia ni el sacrificio de nuestra clase trabajadora.

La identidad dominicana necesita una frontera sólida. Al igual que Nehemías entendió que los
muros eran la base de la restauración, hoy debemos entender que, en un mundo que nos invita a borrar las líneas para facilitar la explotación y la injerencia, nuestra responsabilidad es reafirmarlas.

Solo desde un territorio claramente delimitado podemos dialogar con lo ajeno sin
desaparecer en el intento.