Inicio OPINIÓN EL AISLAMIENTO: EL MEJOR ALIADO DEL FEMINICIDA

EL AISLAMIENTO: EL MEJOR ALIADO DEL FEMINICIDA

Glauris Medina
Pastora | Politóloga

El debate sobre la violencia de género en la República Dominicana suele moverse entre dos extremos estériles: la frialdad burocrática de las estadísticas y el morbo de la crónica roja. Sin embargo, mientras el país discute números, una realidad mucho más peligrosa avanza en silencio: el feminicida casi siempre comienza aislando a la víctima antes de destruirla.

Mayo de 2026 está dejando una de las estampas más dolorosas de los últimos años. Y más allá de la brutalidad de cada caso, existe un patrón social que merece ser observado con mayor profundidad: el aislamiento absoluto en el que parecían encontrarse muchas de las víctimas antes del desenlace fatal.

Como pastora y estudiosa de la conducta social, hay algo que me preocupa profundamente: detrás de muchos feminicidios no solo aparece un agresor violento, sino también la ausencia progresiva de redes reales de acompañamiento, vigilancia emocional y contención comunitaria.

Porque una mujer completamente aislada se vuelve más vulnerable: al control, al miedo, a la manipulación y al silencio.

En la antropología urbana del barrio dominicano, la comunidad históricamente ha funcionado como un mecanismo informal de vigilancia humana. Antes, las familias, los vecinos, las amistades y las iglesias formaban parte activa de la vida cotidiana. Alguien veía, preguntaba, intervenía o acompañaba.

Hoy, esa estructura parece fracturarse peligrosamente.

Vivimos en una sociedad que habla cada vez más de libertad individual… mientras acompaña cada vez menos. Familias desconectadas, vecinos indiferentes, amistades ausentes y comunidades debilitadas están dejando a demasiadas mujeres solas frente al peligro.

Y aquí las iglesias y espacios de fe deben asumir una reflexión seria. Más allá de la doctrina, la comunidad cristiana ha funcionado históricamente en República Dominicana como una red viva de orientación, observación, apoyo emocional y alerta temprana. No porque la fe vuelva inmune a una mujer al dolor o a la violencia, sino porque el agresor encuentra más resistencia cuando la víctima no está completamente sola.

El desafío de este tiempo no es únicamente predicar desde los púlpitos. Es reconstruir tejido humano. Es volver a desarrollar comunidades capaces de detectar señales, acompañar procesos y mirar con responsabilidad el sufrimiento que muchas veces ocurre detrás de una pared aparentemente normal.

Porque cuando una sociedad pierde su capacidad de acompañar, el aislamiento termina convirtiéndose en territorio fértil para la violencia.

Y la indiferencia colectiva también puede convertirse en complicidad silenciosa.