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El misterio de los pueblos empequeñecidos: Un reencuentro de doce horas con mi niñez en Tamayo

Por Armando Olivero

Existe una paradoja sutil y conmovedora que aguarda a todo aquel que decide regresar a los predios de su infancia tras décadas de ausencia. Recientemente, emprendí una breve pero profundamente vivencial travesía hacia mi querido municipio de Tamayo.

Apenas doce horas bastaron para que el tiempo y la memoria entablaran un diálogo misterioso, revelándome una fascinante distorsión perceptiva: de pronto, las majestuosas estructuras, las lejanas avenidas y las altas escalinatas que en mi niñez imponían asombro, se mostraban hoy diminutas, cercanas y amables.

Recorrer las calles de mi barrio natal “Los Charquitos” y observar el mercado municipal me devolvió de golpe a aquellas tardes libres después de la escuela. Para nosotros, aquel mercado era un espacio colosal, casi infinito; tanto así que en las tardes lo convertíamos en nuestro centro de esparcimiento y diversión. Allí improvisábamos partidos de béisbol con pelotas ideadas por la inventiva infantil y bates fabricados por nuestras propias manos.

El mercado, el ayuntamiento, el parque y la escuela no eran solo puntos de un mapa, sino vastos territorios de aventuras. Sin embargo, al pisar nuevamente esa tierra, descubrí con una emoción difícil de describir que nada se había movido de su sitio, pero todo parecía haberse reducido. Lo que en la memoria era un estadio gigante hoy lucía pequeño, las paredes eran más bajas, las calles más cortas y las escaleras que de niño me obligaban a mirar hacia el cielo, se hallaban ahora al alcance de un simple paso.

«No es que Tamayo se haya vuelto pequeño en el mapa; es que la vida nos llevó a recorrer mundos vastos, y al regresar, la infancia nos demuestra que el corazón jamás olvida la escala con la que aprendió a admirar las cosas.»

Esta experiencia, impregnada de una nostalgia profunda y conmovedora, no es fruto del capricho ni de una simple ilusión de la memoria. Responde a una fascinante combinación de neurociencia, psicología y desarrollo corporal. La ciencia nos enseña que el cerebro infantil construyó su mapa métrico a partir de una estatura física reducida: el ángulo visual para mirar una fachada requería erguir la cabeza, y el esfuerzo biomecánico de dar decenas de pasos con piernas pequeñas impregnó en el cerebro la noción de una inmensa lejanía.

A esto se suma el desarrollo del mapa mental en el hipocampo; en la niñez, el pueblo representaba la totalidad del universo conocido.

Con los años, el destino me ha permitido recorrer el mundo y caminar por grandes metrópolis y capitales de diversos continentes: desde la imponencia de Asia en Japón, China y Taiwán, hasta el dinamismo de Estados Unidos y la riqueza de Europa, transitando por ciudades de impactante escala como Estocolmo en Suecia, o Madrid, Valencia y Barcelona en España.

Tras contrastar la mirada con horizontes tan bastos y cosmopolitas, la escala interior del cerebro se recalibra por completo. Por eso, al regresar al suelo patrio, el impacto resulta insuperable.

Asimismo, opera el poderoso filtro de la memoria emocional. La mente de un niño magnifica los espacios para que coincidan con la estatura simbólica de sus vivencias: aquel mercado donde jugábamos béisbol no era solo una estructura de concreto, sino un templo de alegría y libertad. Al regresar como adulto —luego de haber contemplado las grandes urbes del globo—, el espacio físico de Tamayo no ha cambiado un solo milímetro; lo que ha cambiado es la medida y la experiencia del observador.

Esas doce horas en Tamayo no solo sirvieron para desentrañar este misterio psicológico, sino para vivenciar el abrazo cálido y fraterno de su gente y de quienes me acompañaron en cada paso de este retorno al origen, haciendo de cada rincón de mi barrio un escenario de gratos recuerdos. Compartir la mesa, degustar un plato en los rincones de siempre y volver a estrechar la mano de entrañables compueblanos convirtió este viaje exprés en una experiencia imborrable.

Volver al pueblo natal es, en última instancia, un acto de reconciliación con nuestra propia historia. Tamayo no encogió; por el contrario, su grandeza radica en haber sido el molde perfecto donde se forjó el espíritu. Y al marcharme de nuevo, comprendí que no importa qué tan lejos nos lleven los caminos de la vida ni qué tan inmensas sean las capitales del mundo: en algún rincón de esas calles breves y entrañables, la niñez siempre estará esperando, intacta, para recordarnos de dónde venimos.

Reconocimiento y Agradecimiento Especial

Deseo expresar mi más profundo agradecimiento por la compañía, hospitalidad, calidez y apoyo brindado durante esta inolvidable jornada de 12 horas en Tamayo a mis seres queridos, entrañables amigos y compueblanos:
● Luis Olivero, mi hermano, Tony Roa y Roberto Roa, mis inolvidables amigos de infancia, por recorrer a mi lado esta significativa travesía y revivir conmigo los pasos de nuestros primeros años.
● Marcos Sánchez, Manolín Reyes, Cesar Michell (Motica), el Maestro Hito Reyes, Jhonny Méndez y Gersin Reyes, por el recorrido y la entrañable fraternidad compartida.
● Yoli Félix, Luis Bueno y Lito Santana por el cariño y las finas atenciones.
● Y a todos aquellos amigos y compueblanos cuyos nombres iré sumando en el tintero, pero que guardo con idéntico afecto en el corazón por hacer de mi estancia una vivencia imborrable.