No es casualidad. La industria del espectáculo descubrió hace tiempo que el pensamiento no siempre genera clics, mientras que la estridencia produce ganancias inmediatas. Así, el comentarista fue reemplazado por el provocador; el analista, por el improvisador; y el periodista, demasiadas veces, por el animador del escándalo. El resultado es una opinión pública intoxicada. Se discute poco y se vocifera mucho.
La evidencia perdió terreno frente a la ocurrencia. La razón fue expulsada por la emoción instantánea. La mentira circula con más rapidez que la verdad, y la mediocridad se ha instalado con una insolencia que ya ni siquiera intenta disimular.
Lo más peligroso es que esta degradación ha comenzado a verse como algo normal. Se celebra la insolencia como valentía, la chabacanería como sinceridad y la ineptitud como si fuera una virtud popular.
Es la consagración del antiintelectualismo: pensar demasiado parece sospechoso, mientras la ignorancia militante recibe micrófonos, cámaras y ovaciones.
Entretanto, el mundo discute innovación, inteligencia artificial, productividad y educación. Nosotros seguimos atrapados en el campeonato nacional del exabrupto. Competimos por el mejor insulto mientras otros compiten por el conocimiento.



