Inicio OPINIÓN No atribuyas a Dios lo que el no ha revelado

No atribuyas a Dios lo que el no ha revelado

Por: Armando Olivero

La doctrina cristiana no se fundamenta en opiniones humanas ni en apasionamientos circumstantiales, sino en las Sagradas Escrituras. Por ello, ningún creyente debe afirmar con ligereza que Dios ha castigado a alguien con la muerte, careciendo de un fundamento bíblico explícito para sostener semejante juicio.

En Lucas 13:1-5, Jesucristo enseña que un deceso trágico no demuestra que las víctimas hayan sido más pecadoras que el resto. Por consiguiente, atribuir el fallecimiento de un sacerdote a un castigo divino —sin evidencia directa en la revelación de Dios— carece de sustento Bíblico.

Asimismo, es preciso distinguir teológicamente entre la representación visual y la idolatría. Mientras Éxodo 20:4-5 prohíbe confeccionar imágenes para postrarse ante ellas y rendirles culto, en Éxodo 25:18-20 el propio Dios ordena esculpir querubines de oro sobre el arca del pacto. Esto demuestra que la existencia de una figura o representación no configura, por sí misma, un acto idolátrico.

La idolatría emerge en el momento en que se le atribuye a una criatura o a un objeto inanimado la adoración que pertenece con exclusividad al Creador. Un ejemplo histórico contundente lo hallamos en 2 Reyes 18:4: la serpiente de bronce, construida por mandato divino durante la travesía del desierto, tuvo que ser destruida siglos después cuando el pueblo comenzó a quemarle incienso.

Aunque católicos y protestantes mantienen marcadas diferencias doctrinales sobre el uso de imágenes sagradas, estas discrepancias deben analizarse a la luz del texto bíblico, al margen de insultos, burlas o condenas precipitadas. Mientras la tradición católica establece una distinción conceptual entre veneración y adoración, diversos sectores del protestantismo cuestionan dicha separación en la práctica cotidiana.

Defender la verdad jamás nos autoriza a inventar sentencias divinas ni a pretender descifrar la providencia de Dios. Jesús nos insta primeramente a examinar nuestra propia conducta (Mateo 7:1-5), al tiempo que 1 Tesalonicenses 5:21 nos exhorta a «examinarlo todo y retener lo bueno».

El verdadero celo por la sana doctrina no se mide por la estridencia de nuestras condenas, sino por nuestra fidelidad a lo escrito. Pretender usurpar el trono del Juez Supremo para dictar sentencias sobre la vida y la muerte del prójimo no es fe: es presunción. El cristiano maduro estudia la Palabra, distingue entre el dogma revelado y la especulación humana, corrige con firmeza Bíblica y actúa movido por la misericordia.

Recordemos siempre que una cosa es defender con valentía la verdad revelada, y otra muy distinta es pretender arrebatarle a Dios el dominio absoluto de sus soberanos e incomprensibles juicios.
«Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás» (Mateo 4:10).