Inicio OPINIÓN Julio Iglesias y el valor de la justicia

Julio Iglesias y el valor de la justicia

Por Yoneice Pineda

Como mujer dominicana, líder y con una trayectoria internacional, he aprendido que la justicia y la dignidad no se negocian. Por eso, frente a todo lo que ha salido sobre Julio Iglesias en los últimos días, he sentido la necesidad de expresar mi postura desde el respeto, la racionalidad y la empatía.

Antes que nada, quiero dejar claro algo que para mí es esencial: toda mujer que denuncia merece ser escuchada, tomada en serio y protegida. Pero al mismo tiempo, creo firmemente en otro principio igualmente fundamental en cualquier democracia moderna: la presunción de inocencia.

No se puede construir una sociedad justa si permitimos que la opinión pública, los titulares o las redes sociales sustituyan el debido proceso. Las acusaciones deben investigarse con rigor, sin perjuicios y con todas las garantías para ambas partes. Esa es la única manera de honrar a las posibles víctimas y de asegurar que no se destruya la reputación de nadie sin pruebas concluyentes.

Conozco de cerca lo que significa trabajar, crear, liderar y crecer en sistemas donde una palabra puede levantar o hundir a alguien. Por eso, cuando veo el linchamiento mediático como forma de justicia rápida, me preocupa. La justicia no puede convertirse en espectáculo. Ni para condenar ni para absolver.

Julio Iglesias ha negado categóricamente las acusaciones. Tiene derecho a defenderse, a presentar argumentos y a pedir que todo se investigue donde corresponde. Ese derecho no es un privilegio: es un principio básico del Estado de Derecho. Y si aspiramos a sociedades libres, debemos protegerlo para todos, incluso —y sobre todo— para quienes generan emociones divididas.

Como mujer, latina y liberal, sé lo que es luchar por ser escuchada y respetada. También sé lo que es ver a personas condenadas sin juicio. Ninguno de esos extremos es sano para una sociedad democrática.

Mi posición es clara: las denuncias deben investigarse con seriedad y profesionalismo, y los acusados deben poder defenderse sin ser sentenciados antes de tiempo. La justicia equilibrada no es solo una aspiración jurídica; es una forma de respeto humano.

Si hay hechos que probar o desmontar, que lo hagan las instituciones competentes. Eso es lo que diferencia la civilización del caos.