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Misa 1er. Aniversario tragedia Jet Set

Un saludo fraterno a la alcaldesa del Distrito Nacional, Carolina Mejía, por ofrecer las facilidades para esta celebración.

Por Estephanie Carrasco/Editora Sociales, Arte y Espectáculos.

Nuestro saludo a Mons. Héctor Rafael Rodríguez, arzobispo metropolitano de la Arquidiócesis de Santiago; a Mons. Manuel Ruiz, obispo de la diócesis de Stella Maris; a Mons. Andrés Amauri Rosario, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santiago; así como a los hermanos sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas.

Al Movimiento Justicia Jet Set, gracias por permitirnos unirnos a ustedes en este momento de oración.

Nuestros saludos a los sobrevivientes, familiares y amigos de las personas fallecidas. Hemos venido, como Iglesia católica, a expresar nuestro apoyo, cercanía y solidaridad con nuestra presencia y oración.

Oramos de manera agradecida por todos los rescatistas de las entidades nacionales e internacionales, por la labor heroica que realizaron en una lucha contra el tiempo, la desesperanza y el dolor; en un verdadero acto de amor al prójimo.

Nuestros saludos a los hermanos y hermanas que, como gesto de solidaridad, han venido a unirse en este momento de oración, así como a quienes están en sintonía a través de los diferentes medios de comunicación.

Sé que para muchos de ustedes volver a este lugar resulta doloroso y traumático, ya que esta tragedia marcó negativamente la vida de muchas personas, de muchas familias y del país. Lamentablemente, hoy estamos aquí, en un lugar testigo de muchas lágrimas, dolores, desesperanza, impotencia y también solidaridad. Pese a la tragedia sucedida aquí, este es un lugar sagrado, donde los sueños, ideales y proyectos de 236 hombres y mujeres fueron frustrados por una desgracia que pudo ser evitada.

Hoy los sentimientos son más fuertes que las palabras humanas; por eso acudimos a la Palabra de Dios, que nos da respuesta a las grandes interrogantes del ser humano. En la recién pasada Cuaresma, escuchamos el anuncio de los profetas sobre los momentos de sufrimiento por los que pasaría el Hijo de Dios. El profeta Isaías (53,5), inspirado por el Señor, nos dice esta frase esperanzadora: «Por sus llagas seremos curados».

Este versículo nos recuerda el inmenso beneficio que recibimos a través del sacrificio de Jesucristo en la cruz. Sus heridas, su sufrimiento y su amor incondicional nos brindan sanidad, restauración y redención. En cada una de sus llagas encontramos la esperanza y la salvación que necesitamos para ser sanados en cuerpo, mente y espíritu. ¡Qué privilegio es poder experimentar la sanidad divina gracias a las llagas de nuestro Salvador!

Este verso nos habla del sacrificio de Jesucristo en la cruz, donde Él llevó sobre sí mismo nuestras enfermedades y dolencias. La frase «Por sus llagas seremos sanados» nos recuerda que, a través de la muerte y resurrección de Jesús, podemos recibir sanidad tanto física como espiritual. Al meditar estas palabras, encontramos consuelo y esperanza en medio de nuestras aflicciones, confiando en el poder sanador de Cristo. La promesa contenida en esta declaración nos invita a acercarnos a Dios en busca de restauración y sanidad, recordando siempre que su amor y su gracia son suficientes para nuestras necesidades existenciales.

En la expresión «Por sus llagas seremos sanados», el profeta nos habla no solo de la sanidad espiritual que recibimos a través de la fe en Jesucristo, sino también de la sanidad física y emocional que podemos experimentar en Él. Jesucristo no solo vino a salvar nuestras almas, sino también a restaurar nuestro ser completo.

El texto del libro de los Hechos de los Apóstoles que hemos leído es un episodio en el que el Señor se vale de los apóstoles Pedro y Juan para realizar su obra milagrosa. Este relato trasciende la simple narración histórica, ofreciéndonos una profunda enseñanza espiritual en la que se destaca un milagro extraordinario que desafía las limitaciones humanas y revela el poder transformador de la fe en Jesucristo.

El poder de la fe en Jesucristo se manifestó de manera tangible en ese instante. El hombre cojo, que había vivido toda su vida sin poder caminar, se puso en pie; sus piernas se fortalecieron y comenzó a andar, saltando y alabando a Dios. El milagro no solo transformó la vida de aquel hombre, sino que también conmovió a todos los que lo presenciaron, llenándolos de asombro y esperanza.

Este milagro en la puerta del templo no fue solo un acto de sanación física. Fue también una demostración del poder de la fe en Jesucristo, un poder que supera las limitaciones humanas y transforma vidas. El hombre cojo, que antes dependía de la limosna de los demás, se convirtió en un testimonio viviente de la transformación por la fe en Jesucristo.

El templo era un punto de encuentro entre la fe, la esperanza y la necesidad. Allí la gente se congregaba para adorar a Dios, pedir por sus necesidades y ofrecer sus ofrendas. Era también un lugar donde los más necesitados buscaban compasión y ayuda. Era el espacio donde se refleja la fragilidad humana y la necesidad de solidaridad.

Hoy continuamos leyendo el texto del Evangelio de Lucas sobre los discípulos de Emaús. Al reflexionar sobre este pasaje, es importante considerar cómo se aplica a nuestras vidas. El camino hacia Emaús es el camino de la humanidad sufriente, decepcionada y abatida. La decepción, el dolor, el fracaso y la frustración de los discípulos reflejan las experiencias e interrogantes más profundos del ser humano.

Los discípulos, en su tristeza y confusión, encontraron esperanza y claridad al encontrarse con Jesús. Esto nos recuerda que, en momentos de desánimo, debemos acercarnos al Señor y a su Palabra para recibir la luz que necesitamos.

De la lectura atenta y actualizada de este texto se puede destacar la presencia discreta y sorprendente del Resucitado en el camino de la humanidad decepcionada. Como en Emaús, se manifiesta la desesperanza ante el dolor y el sufrimiento injusto de los inocentes. Es la experiencia de una humanidad herida por la indiferencia, por la falta de amor al prójimo y por el egoísmo desmedido.

Nos inquieta el sufrimiento de los justos, como Jesús, el verdaderamente justo, víctima de la maldad humana (cf. Lc 23,47); la muerte de los inocentes; la violencia contra personas sin culpa; y la ausencia de justicia. Todo esto resulta profundamente decepcionante y frustrante para la sociedad.

Los discípulos cambiaron el rumbo de su vida y se convirtieron en testigos del Resucitado, experimentando el paso de una vida marcada por el fracaso a una vida nueva, caracterizada por la responsabilidad, la solidaridad, la justicia y la esperanza.

Hoy nos hemos reunido en este lugar para orar junto a familiares, amigos y personas solidarias por cientos de personas que debieran estar entre nosotros. Las muertes trágicas han dejado cicatrices profundas en los corazones de las familias dominicanas: 236 víctimas fatales, más de 180 heridos y un número considerable de huérfanos. Esto ha provocado un impacto emocional devastador en innumerables familias.

Es un hecho que, por su magnitud, ha conmocionado al pueblo dominicano, sobre todo por la negligencia. El dolor colectivo es doble: primero, el provocado por la pérdida de tantas personas de bien; y segundo, el causado por la impotencia ante la injusticia y la indiferencia de quienes deben administrarla.

La magnitud de la tragedia y la falta de respuestas han generado indignación en la sociedad. Cuando la justicia es lenta, ineficiente o se dilata injustificadamente, crecen la impotencia y la desconfianza. Haría mucho bien a la sociedad y al sistema judicial que los jueces actúen apegados a la ley y eviten más dilaciones.

Es imprescindible que, como parte del proceso de sanación, impere la justicia; que se realice una investigación rigurosa; que se asuman responsabilidades y que se tomen decisiones que permitan cerrar este doloroso capítulo. Solo así podrá iniciarse un verdadero camino de reparación emocional para tantas personas afectadas.

Finalmente, estamos llamados a compartir la esperanza y el amor que encontramos en Cristo resucitado.