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No matarás: La malinterpretación bíblica que el mundo usa para desarmar a los justos

Por: Armando Olivero, Analista Legal

En el ejercicio de la ley, existe una verdad fundamental: el orden solo se mantiene cuando
existe la capacidad de defenderlo. La sociedad moderna, en su afán de edulcorar los principios
divinos, ha caído en una trampa peligrosa: convertir la Biblia en un manual de pacifismo inerte.

Cuando el pastor Ezequiel Molina afirma que «para evitar muchos muertos hay que matar a un grupito», no está haciendo una apología a la violencia sin sentido; está describiendo una
realidad cruda del gobierno y la justicia que el mundo, en su ceguera voluntaria, se niega a
digerir.

La falacia de la neutralidad

Muchos críticos, escudándose en una interpretación laxa del mandamiento «No matarás», acusan de impiedad a quien propone la fuerza para frenar al agresor. Sin embargo, desde una perspectiva vertical —donde la autoridad de Dios está por encima del consenso humano—,existe un principio irrefutable: pecamos por comisión, pero también por omisión.

Si usted tiene la capacidad de detener un mal que amenaza a los inocentes y elige no hacerlo,
usted no está siendo «bondadoso»; está siendo cómplice. La neutralidad ante el tirano es, en
los hechos, una alianza con el tirano. En la lógica de Dios, el líder que tiene la «espada» en sus manos y no la usa para proteger al desvalido cuando es necesario, le falla al mandato sagrado de la justicia.

La «Espada» en la mano del hombre de Dios

La Biblia no conoce el concepto de «paz a cualquier precio». Grandes hombres de Dios
comprendieron que la justicia es un ejercicio activo, no un deseo pasivo:
1. Nehemías y la defensa del muro: En el capítulo 4 del libro de Nehemías, los
constructores trabajaban con una mano y sostenían la espada con la otra. No eligieron
entre construir o defender; hicieron ambas cosas. Sabían que, sin la espada para frenar a
los enemigos que querían destruir el proyecto de Dios, la paz sería imposible. Su fe no
era incompatible con su defensa armada; su defensa era, precisamente, una extensión
de su fe.

2. David, el guerrero justo: ¿Acaso David fue menos hombre de Dios por decapitar a
Goliat? La Escritura no registra a David pidiendo perdón por usar la honda y la espada
contra el enemigo de Israel. Al contrario, fue un instrumento del juicio divino para
restaurar el orden. David entendió que la vida de su pueblo dependía de su disposición
para enfrentar la amenaza con determinación total.

3. Moisés y la orden de ejecución: En momentos críticos donde el pueblo caía en la
apostasía y la rebelión total, Moisés no recurrió a la diplomacia conciliadora; actuó con la
severidad que el orden de Dios exigía para evitar que el mal destruyera a la nación
entera.

Estos hombres no buscaban la guerra, pero no temían la espada cuando la justicia la
reclamaba. Entendían que el liderazgo es una carga pesada que requiere, a veces, tomar
decisiones dolorosas para evitar un desastre mayor…

El centinela no pide permiso

El pastor Ezequiel Molina, al asumir su postura, está actuando como un centinela. Su labor no
es caer bien a las audiencias de redes sociales ni ajustarse a la corrección política del siglo
XXI. Su labor es advertir. Cuando él denuncia que el mundo está devastado por «un puñado de tiranos», está haciendo un diagnóstico que muchos se niegan a ver porqué es más cómodo vivir en la negación.

Esto es lo que sucede hoy con la actitud firme de Donald Trump frente a la constante amenaza del terrorismo iraní de destruir a Israel y a Occidente; razón por la cual Estados Unidos le impide a ese régimen tener armas nucleares.

Quienes critican al pastor por defender este tipo de posturas olvidan que la defensa de la civilización contra quienes han jurado su destrucción no es «agresividad», es el ejercicio ineludible de la autoridad delegada para impedir que la civilización sea devorada por la barbarie.

Por lo tanto, la postura de Ezequiel Molina puede parecer una «locura» para aquellos que han confundido la mansedumbre con la debilidad. Pero para quien entiende que el mundo es un campo de batalla espiritual y físico, sus palabras son un llamado a la responsabilidad.

Como analista legal, sostengo que la ley existe para castigar al que hace lo malo y proteger al que hace lo bueno. Como creyente, sé que tenemos el deber de no ser cómplices del mal por omisión. Defender la justicia no es una opción estética, es un mandato. Y si eso significa que el mundo nos llamará «extremistas» por no permitir que la maldad prevalezca, que así sea.

La historia y la Palabra de Dios han demostrado, una y otra vez, que a veces, para salvar la cosecha, es imperativo cortar la cizaña.