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La Verdadera Prosperidad Según Jesús

Por: Fidel Lorenzo

Si la prosperidad se reduce a la acumulación de bienes materiales, a la búsqueda obsesiva del bienestar temporal o al éxito medido por el tamaño y la comodidad de una congregación, entonces tendríamos que concluir, absurdamente, que Jesús y sus discípulos fueron un fracaso. Sin embargo, la historia demuestra exactamente lo contrario: ellos transformaron el mundo sin perseguir riquezas ni prestigio.

Vivimos en una sociedad marcada por la megalomanía, donde el liderazgo con frecuencia sucumbe a la arrogancia, la soberbia y la vanidad. En muchos espacios se ha impuesto la idea de que el éxito se mide por la influencia, el poder y la exhibición de prosperidad. Ese modelo está en las antípodas del liderazgo de Cristo.

Jesús no vino a enseñarnos una religión basada en apariencias. Su misión fue revelarnos al Padre y mostrarnos el camino del amor, la verdad y el servicio. Cuando la Biblia habla de la religión pura y sin mácula, nos recuerda el compromiso de atender a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y de conservarnos sin contaminación del mundo. La auténtica espiritualidad siempre se expresa en compasión, justicia y santidad.

El mayor legado de Jesús no fue una estructura de poder, sino una comunidad de discípulos dispuestos a servir antes que a ser servidos. Su grandeza se manifestó en la humildad, el sacrificio y la entrega por los demás.

Como hijos de Dios, nuestro llamado sigue siendo el mismo: ser sal de la tierra y luz del mundo. Eso implica influir positivamente en la sociedad, defender la dignidad humana, practicar la misericordia y reflejar el carácter de Cristo en cada acción. La verdadera prosperidad no consiste en lo que acumulamos, sino en la fidelidad con que vivimos el propósito de Dios y en el impacto eterno que dejamos en la vida de los demás.