Autor: Pastor Feliciano Lacen Custodio
Hay algo profundamente humano en la manera en que nos relacionamos con las posiciones que ocupamos. Con el tiempo, una función deja de ser solamente una responsabilidad y pasa a formar parte de nuestra cotidianidad, de nuestras conversaciones, de nuestros vínculos y de la manera en que el mundo nos identifica. Por eso vale la pena detenerse, de vez en cuando, a pensar en un día después.
No necesariamente en el día después de dejar un cargo, sino en ese momento en que una función deja de definir la manera en que los demás nos nombran y volvemos a encontrarnos con algo más esencial: la persona que somos.
Los cargos son importantes. Lo son porque permiten asumir responsabilidades, tomar decisiones, representar instituciones, conducir proyectos y, en muchos casos, incidir en la vida de otras personas. Precisamente por eso deben ser asumidos con seriedad. Una posición de autoridad nunca debería entenderse únicamente como un reconocimiento; es, sobre todo, una oportunidad para aportar.
El poder tiene sentido cuando está al servicio de una causa, de una institución, de una comunidad o de la gente. De poco sirve ocupar una posición relevante si, mientras se ejerce, se pierde la capacidad de escuchar, de comprender y de reconocer al otro. La autoridad puede establecer responsabilidades, pero no debería establecer distancias humanas.
Servir bien también implica conservar la sensibilidad. Quizás por eso resulta tan importante recordar que ninguna función es permanente. Las instituciones continúan, los equipos cambian, las responsabilidades pasan de unas personas a otras y cada generación termina dejando espacio a la siguiente. Es parte natural de la vida.
Un día después, entonces, puede ser simplemente una manera de mirar esa realidad con perspectiva. Es pensar qué permanece cuando la función cambia. Qué queda de nosotros cuando ya no somos presentados por un título. Qué relaciones construimos que no dependían de una responsabilidad determinada. Qué huella dejamos en las personas con las que coincidimos. No se trata de restarle valor al cargo. Se trata de ponerlo en su justa dimensión.
Una posición puede decir mucho sobre las responsabilidades que una persona tiene, pero no dice todo sobre quién es. El carácter, la integridad, la empatía, la capacidad de servir y la manera de tratar a los demás pertenecen a un ámbito mucho más profundo. Y ese ámbito no termina cuando termina una función.
Tal vez esa sea una de las razones por las que el poder debe ejercerse con humildad. No porque quien tiene autoridad deba desconocer la importancia de su responsabilidad, sino porque debe recordar que ninguna posición es suficiente para definir a un ser humano.
Hoy alguien puede estar llamado a tomar decisiones; mañana puede estar llamado a acompañarlas desde otro lugar. Hoy puede dirigir; mañana puede colaborar. Hoy puede representar a una institución; mañana puede representar únicamente su propia trayectoria.
En todos esos escenarios debería existir la misma persona, porque si el comportamiento cambia completamente dependiendo de la posición que se ocupa, entonces quizá no sea el cargo el que está siendo ejercido por la persona, sino la persona la que ha terminado siendo absorbida por el cargo. Y ahí comienza el verdadero riesgo.
No en tener autoridad, sino en olvidar que la autoridad es temporal. No en ser reconocido, sino en necesitar permanentemente ese reconocimiento para saber cuánto se vale. No en ocupar un lugar importante, sino en creer que ese lugar convierte automáticamente a quien lo ocupa en alguien más importante que los demás.
El servicio propone exactamente lo contrario. Quien comprende el sentido de servir sabe que una posición no es una propiedad personal. Es una responsabilidad recibida durante un tiempo determinado. Y ese tiempo debería aprovecharse para hacer las cosas bien, para construir, para aportar soluciones, para escuchar y para dejar las instituciones un poco mejor de como se encontraron.
Con eficacia, sí. Con resultados, también. Pero sin perder la humanidad en el camino. Porque las sociedades necesitan líderes capaces de tomar decisiones, pero también necesitan personas capaces de comprender las consecuencias humanas de esas decisiones.
Necesitan autoridad, pero también necesitan empatía. Necesitan gestión, pero también necesitan sensibilidad. Y necesitan, sobre todo, personas que entiendan que servir a los demás no disminuye a quien tiene poder; por el contrario, es lo que le da sentido.
Quizás por eso un día después sea una reflexión que vale la pena hacer incluso cuando no existe ninguna razón para pensar en el final de una función. Porque no se trata del final. Se trata de la perspectiva que debería acompañarnos mientras estamos ejerciendo cualquier responsabilidad.
Saber que habrá un día después nos ayuda a no confundir la posición con la identidad, el reconocimiento con el valor personal ni la autoridad con superioridad. Y cuando finalmente llegue ese día, como llega todo cambio en la vida, no debería quedar únicamente el recuerdo de una función desempeñada.
Debería quedar algo más valioso: la certeza de haber utilizado esa responsabilidad para servir, de haber tratado a las personas con dignidad y de haber entendido que ningún cargo es más grande que la persona que lo ejerce.
Porque los cargos tienen un tiempo. Las posiciones tienen un tiempo. Las responsabilidades tienen un tiempo. Pero aquello que somos cuando nadie necesita llamarnos por un título es lo que, verdaderamente, permanece.
Un día después, cuando el cargo ya no diga quiénes somos, será nuestra forma de ser la que hable por nosotros.



