Inicio OPINIÓN Cuando Los Partidos Callan, Alguien Tiene que Hablar

Cuando Los Partidos Callan, Alguien Tiene que Hablar

Por: Rev. Fidel Lorenzo, Pte. FEJUS.

Hay momentos en la vida de una nación en los que el silencio deja de ser prudencia y comienza a parecer complicidad.

Cuando los partidos políticos se vuelven indiferentes frente a la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la violencia, el abuso de poder o cualquier forma de despojo de los recursos públicos, la democracia pierde una parte esencial de su razón de ser.

Los partidos no fueron creados únicamente para conquistar el poder. Su legitimidad también se mide por su capacidad de representar a quienes no tienen poder, defender el interés colectivo y colocar la dignidad humana por encima de los intereses particulares.

El problema aparece cuando la política comienza a convivir demasiado cómodamente con aquello que debería cuestionar.

Cuando el cálculo político sustituye a los principios. Cuando se guarda silencio porque el responsable pertenece al propio círculo. Cuando se denuncia al adversario por lo que se tolera en el aliado. Cuando la defensa del pueblo se convierte en discurso electoral y desaparece después de las elecciones.

Una democracia no puede sostenerse sobre silencios convenientes.

La nación necesita atalayas

En medio de esta realidad, la sociedad necesita voces independientes, capaces de observar desde una posición crítica y advertir cuando algo amenaza el bien común.

Necesita atalayas.

Personas, organizaciones, iglesias, instituciones académicas y medios de comunicación que no tengan miedo de preguntar: ¿quién está pagando el costo de nuestras decisiones? ¿Quiénes se están beneficiando? ¿Quiénes están quedando fuera? ¿Quién está defendiendo al ciudadano que no tiene influencia, recursos ni acceso a los centros de poder?

Aquí adquiere una extraordinaria vigencia el mandato bíblico de Proverbios 31:8-9:
“Abre tu boca por el mudo en el juicio de todos los desvalidos. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del menesteroso”.

Este llamado no es una invitación a la confrontación irresponsable. Es un llamado a la responsabilidad.

Hablar cuando otros callan. Preguntar cuando otros prefieren mirar hacia otro lado. Defender derechos cuando quienes deberían hacerlo han perdido sensibilidad frente al sufrimiento de la gente.

El periodismo también tiene una responsabilidad social.

En una sociedad democrática, los medios de comunicación tienen una responsabilidad que va mucho más allá de informar lo que ocurrió.

El periodismo debe investigar, fiscalizar, cuestionar y colocar bajo escrutinio público aquellas situaciones que afectan el interés colectivo.

Por eso resulta importante reconocer el papel que vienen desempeñando Los Medios del Grupo Panorama, al convertir determinados problemas sociales y reclamos ciudadanos en asuntos de discusión pública.

Cuando una voz periodística se levanta para colocar en la agenda nacional las necesidades de los sectores vulnerables, está contribuyendo a una democracia más vigilante.

Cuando pregunta por el uso de los recursos públicos, está defendiendo al contribuyente.

Cuando investiga una denuncia, está dando una oportunidad para que la verdad sea conocida.

Cuando permite que el ciudadano común sea escuchado, está haciendo que la democracia llegue más allá de los despachos oficiales.

Y cuando otros callan, una prensa libre tiene el deber de preguntar.

No se trata de atacar; se trata de no callar

La crítica social no debe confundirse con odio político.

Una sociedad madura necesita una crítica firme, pero responsable; contundente, pero sustentada en hechos; apasionada por la justicia, pero respetuosa de la dignidad de las personas.

La voz profética no es una voz que destruye por placer, es una voz que advierte, es la voz que incomoda al poder cuando el poder se desvía, es la voz que recuerda que los recursos del Estado pertenecen a la sociedad y que quienes administran lo público tienen una responsabilidad frente a ella.

Es la voz que pregunta por los pobres cuando todos están hablando de estadísticas, es la voz que pregunta por las víctimas cuando todos están defendiendo posiciones, es la voz que pregunta por la verdad cuando la conveniencia pretende imponer el silencio.

La indiferencia también tiene consecuencias

No podemos construir una sociedad justa si solamente reaccionamos cuando el problema nos afecta personalmente.

La violencia que hoy golpea a una familia mañana puede tocar otra.

La corrupción que hoy perjudica a un ciudadano mañana puede comprometer un servicio público que todos necesitamos.

El abandono de una comunidad hoy puede convertirse mañana en una crisis social mucho más costosa.

Por eso es más inteligente atacar las causas que administrar eternamente las consecuencias.

La justicia social requiere instituciones fuertes, ciudadanos vigilantes, partidos responsables y medios de comunicación libres.

Ninguno puede sustituir al otro.

Pero todos tienen una responsabilidad, y esa responsabilidad comienza por no guardar silencio frente a aquello que sabemos que debe ser corregido.

Cuando todos callan, la sociedad pierde

Los partidos políticos pueden cambiar de dirigentes. Los gobiernos pueden cambiar de funcionarios. Las mayorías pueden cambiar. Pero el compromiso con la dignidad humana no debería cambiar con el calendario electoral.

La República Dominicana necesita menos complicidad y más responsabilidad, menos silencios convenientes y más preguntas incómodas, menos defensa automática de intereses partidarios y más defensa del interés nacional.

Necesitamos una ciudadanía que no entregue su conciencia a ningún partido y medios de comunicación que entiendan que su mayor compromiso no debe ser con el poder, sino con la verdad y con la sociedad.

Porque cuando los partidos callan frente a la injusticia, alguien tiene que hablar,
cuando los vulnerables no encuentran quién los defienda, alguien tiene que abrir la boca, y cuando la sociedad corre el riesgo de acostumbrarse al silencio, los atalayas tienen que hacer sonar la alarma.

Ese es el desafío de nuestro tiempo: no acostumbrarnos a la injusticia, no normalizar la corrupción y no permitir que la indiferencia termine convirtiéndose en una forma de complicidad.

Una nación comienza a cambiar cuando sus ciudadanos deciden que callar ya no es una opción.