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El lienzo intocable

Reflexión de Armando Olivero

A diez mil metros de altura, el mundo de abajo —el de los motores, el asfalto y el ruido— se vuelve insignificante. Al mirar por la ventanilla en el trayecto hacia Nueva York, el ojo no encuentra edificios ni monumentos, sino la arquitectura del vacío: un azul que no conoce pincel y unas nubes que se deshacen sin pedir permiso a nadie.

Es en este umbral entre el cielo y la tierra donde se comprende la verdadera jerarquía de la estética. El hombre es un gran artesano, capaz de levantar torres que desafían la gravedad, pero su mano siempre deja una huella de esfuerzo, de ego y de finitud.

En cambio, lo que Armando contempla en las nubes es la perfección de lo involuntario. No hay diseño previo, no hay planos, no hay ambición de permanencia; y es precisamente esa libertad la que constituye la belleza más pura del universo.

«Las cosas más bellas del mundo son aquellas en las que no ha intervenido la mano del hombre» Porque, al final, la mayor obra de arte no es la que creamos, sino la que tenemos el privilegio de presenciar sin haberla tocado.