Por Yoneice Pineda
Con los años he aprendido que no todo el mundo que llega a tener una posición de liderazgo sabe realmente lo que significa liderar. Y lo digo porque, en la vida, una se encuentra con personas que te enseñan mucho, algunas por sus buenas acciones y otras por la forma en que te hacen ver lo que nunca quieres llegar a ser.
Para mí, liderar no es tener un cargo, dar órdenes o querer ser siempre el centro de atención. Liderar es saber escuchar, respetar, apoyar y reconocer el valor de las personas que tienes a tu lado. Es entender que nadie llega lejos completamente solo y que, en algún momento, todos necesitamos una mano amiga, una oportunidad o alguien que crea en nosotros.
Lo triste es que hay personas que, cuando llegan a tener un poco de poder, cambian su manera de ser. Se olvidan de quienes estuvieron a su lado, dejan de valorar a las personas que les ayudaron y empiezan a ver como una amenaza a cualquiera que destaque o tenga ideas propias.
Y eso me hace pensar mucho, porque nunca he entendido por qué a algunas personas les cuesta tanto alegrarse por el crecimiento de los demás. ¿Por qué competir cuando podemos apoyarnos? ¿Por qué cerrar puertas cuando podemos ayudar a abrirlas? ¿Por qué querer ser los únicos que brillan cuando hay espacio para que muchos puedan hacerlo?
Creo que uno de los mayores errores de un mal líder es pensar que, para mantenerse arriba, necesita evitar que otros crezcan. Pero la realidad es que la grandeza de una persona no se mide por cuántos están por debajo de ella, sino por cuántos ha sido capaz de ayudar a levantarse.
En mi camino he aprendido también que no todas las personas que te sonríen están dispuestas a verte avanzar, y que no todo el mundo que habla de compañerismo sabe practicarlo. Son cosas que duelen cuando las descubres, especialmente cuando actúas de corazón y esperas, al menos, un poco de sinceridad y respeto.
Pero la vida también te enseña a no quedarte atrapada en las decepciones. Te enseña a seguir adelante, a cuidar tu esencia y a no permitir que las malas experiencias te conviertan en una persona diferente de la que quieres ser.
Yo quiero seguir creyendo en las personas, en las oportunidades y en el valor de trabajar juntos. Quiero seguir apostando por las mujeres, por la integración, por los proyectos que aportan algo positivo a nuestra sociedad y por un liderazgo más humano, donde nadie tenga que sentirse menos para que otra persona se sienta importante.
No pretendo ser perfecta ni tener siempre la razón. También tengo mucho que aprender. Pero hay algo que sí tengo claro: nunca quisiera llegar a un lugar y olvidarme de las personas que me acompañaron en el camino.
Porque los cargos pasan, los reconocimientos quedan atrás y las circunstancias cambian. Lo que realmente permanece es la manera en que tratamos a los demás, las oportunidades que ofrecemos y la huella que dejamos en sus vidas.
Al final, no se trata de llegar más alto que los demás, sino de llegar lejos sin perder la humildad, los valores ni la capacidad de mirar a las personas de frente.
Y si algún día tengo que elegir entre tener poder y conservar mi esencia, espero tener siempre la sabiduría de elegir lo segundo.
Porque para mí, el verdadero liderazgo no consiste en que los demás te necesiten para avanzar, sino en que tu presencia les ayude a descubrir que ellos también pueden hacerlo.
Yoneice Pineda



